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25 nov. 2009

HISTORIA DE LOS ANDALUSÍES EN TÚNEZ

Por Hanene Zbiss

Traducción del francés: José Urbano Priego

La historia de la emigración de los andalusíes a Túnez comienza mucho antes de la caída de Granada en 1492 pero se intensificó desde esta fecha. Se prolongó durante dos siglos antes de la expulsión total de todos los moriscos andalusíes de la Península Ibérica en 1610.

Con la derrota de los nazaríes en enero de 1492, que marcó el final del dominio musulmán en España y la capitulación de Granada, una cuantiosa minoría de moriscos no emigró de inmediato sino que prefirió permanecer en su tierra natal, especialmente porque los musulmanes de España habían obtenido promesas, a partir del texto del tratado de capitulación de Granada, de respeto a sus prácticas religiosas y la protección de sus personas y bienes. Sin embargo, hacia principios del siglo XVI, es decir sólo unos pocos años después, ninguna de sus promesas se respetaron, comenzando una rigurosa política de asimilación y de cristianización, llevada a cabo por las autoridades españolas y conducida por la Iglesia.

Esta política ha sido enérgicamente rechazada por la comunidad musulmana, que expresó su ira a través de revueltas violentamente reprimidas y, en la mayoría de los casos, de una resistencia pasiva y clandestina.

Por otra parte, la primera revuelta de 1502 en Andalucía Oriental provocó la promulgación, el 12 de febrero de ese año, de un decreto real obligando a los musulmanes de la Corona de Castilla a elegir entre la emigración o la conversión.

Esta pragmática marcó el comienzo de la represión, con la imposición de la conversión forzosa a los mudéjares de Valencia y Aragón, seguido, en 1566, de una serie de medidas vejatorias contra los moriscos, concernientes a su lengua, sus costumbres y su estilo de vida.

Estas medidas provocaron el estallido de la Gran Rebelión de Las Alpujarras, en 1568-1570, de los moriscos de Granada. La reacción de las autoridades políticas españolas no se hizo esperar: los musulmanes fueron expulsados de Granada y redistribuidos en Castilla.

Dado el apego de los moriscos a su cultura, religión y tradiciones y el relativo fracaso de la política de cristianización llevada a cabo por la Iglesia, el sentimiento de la necesidad de terminar definitivamente con el problema morisco se intensificó en el Estado español. La decisión no tardó en tomarse, en 1609, por Felipe III, quien, cediendo a las incitaciones de los arzobispos de Valencia y Toledo, ordenó la expulsión definitiva de los moriscos de toda España, en virtud del decreto de 22 de septiembre de 1609.

Comienza así una migración masiva de cientos de miles de andalusíes, durante este año y durante los años siguientes, hacia los puertos del Mediterráneo. El grueso de esta transferencia humana se dirigió hacia el Magreb, en particular a Túnez que acogió el mayor número de moriscos, gracias a una política favorable por parte de los otomanos, detentadores del poder en esa época.

Es preciso señalar que los primeros inmigrantes andalusíes han venido a tierras de Ifriqiya desde el siglo XIII y que la mayoría eran sevillanos que decidieron instalarse en Túnez, gracias a las estrechas relaciones mantenidas entre Sevilla y el hafsí Zakariyâ, que fue soberano del Al-Andalus occidental. Estos recién llegados fueron privilegiados por la autoridad hafsí, dado su alto nivel social y cultural. Eran "distinguidos poetas, brillantes secretarios, sabios de renombre, príncipes y valientes guerreros" que han ocupado importantes cargos políticos y administrativos en el reino tunecino.

A diferencia de esta ola "de élite", las otras oleadas de inmigración estaban esencialmente constituidas por agricultores y artesanos que han elegido instalarse en las regiones del interior del país, especialmente en el norte de Túnez. Este asentamiento fue alentado por las autoridades turcas, a través de atractivas concesiones de tierras y donativos, además de exenciones fiscales.

Así los moriscos ocuparon las ciudades y pueblos del Cabo Bon (Hamman-Lif, Soliman, Grombalia, Turki, Belli, Nianou y Zaghouan), del Valle de Medjerda (Sloughia, Medjez el Bab, Grich el Oued, Tébourba, Djedeida y Guelaat Al Andalouss) y de la región de Bizerte (Ausdja, El Alia, Metline, Ras El Djebel, Porto Farina, Menzel Djemil, Mateur y Bizerte). Los andalusíes se construyeron sus propias ciudades, tal es el caso de Testour, ciudad típicamente andalusí.

Estos nuevos elementos, integrados en la sociedad tunecina, han marcado, desde su llegada, las ciudades donde ellos se instalaron e impregnaron de su cultura la sociedad local.

Buenos agricultores que introdujeron sus novedosos instrumentos y procedimientos agrícolas (por ejemplo, modernos métodos de irrigación a través de la noria y los molinos de agua y de viento), incluso nuevas especies (cultivo de árboles frutales, legumbres, viñas…); hábiles artesanos que introdujeron la industria del bonete (chechia), de la seda (los gusanos de seda se promovieron en la región Harayriya, cerca de Túnez, un cultivo que también fue introducido por los andalusíes), la producción de tejas, ladrillos y lozas; gente refinada y distinguida con su vestimenta, lengua (el castellano y el catalán eran practicados en varias ciudades de Túnez con presencia andalusí) e incluso sus rasgos físicos (piel y ojos claros) y morales (individualidad, a veces demasiado orgullosos de sus orígenes, el gusto por el lujo, etc.), los moriscos fueron una aportación considerable para Túnez.

Su influencia se deja sentir también en el ámbito de la cocina, introduciendo platos específicos como las Banadhej y las Kisseles, en el campo de la música gracias al Malouf (música típica de origen hispano-andalusí) y en el terreno de la Arquitectura, como lo demuestran los monumentos construidos por los andalusíes como mezquitas (citaremos la célebre y prestigiosa Gran Mezquita de Testour), con sus minaretes similares a los campanarios de las iglesias españolas, y las casas con techos de tejas, que no difieren de las viviendas en España. En resumen, la inmigración morisca representó un factor de desarrollo para Túnez y para todo el Magreb. Hoy, lamentablemente, sólo quedan unas pocas familias andalusíes en el país que son reconocibles por sus nombres de origen español como Zbiss, Merkikou, Merichkou, Marco, Bantor, Al Hendili, Zghounda, Chelbi, etc.

Fuente: Moriscos

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