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16 nov. 2009

Permanencia de la identidad andalusí en Tunez

Míkel de Epalza

Ya se ha visto que los inmigrantes moriscos embebieron la sociedad árabe-islámica del Magreb con su herencia peninsular. Por una parte eran herederos de los nueve siglos de la civilización islámica de Al-Andalus e hicieron partícipes de su herencia a los países que les recibieron en su destierro. Pero por otra parte transmitieron a esos países parte de su herencia específica hispánica, diferente de la cultura tradicional magrebí en lengua, costumbres y técnicas. La herencia andalusí e hispánica de la inmigración morisca se manifestó con particular fuerza en la sociedad tunecina, precisamente porque la andalusí era muy antigua y prestigiosa y porque la hispánica era muy fuerte en los moriscos emigrados a Túnez, que eran castellanos, aragoneses y catalanes, más hispanizados y menos arabizados que los valencianos, que emigraron masivamente a Argelia, o los andaluces, que lo hicieron también a Marruecos.


1. Identidad onomástica
Los moriscos inmigrantes tenían nombres y apellidos hispánicos. Ya durante el viaje se les ve utilizar un doble nombre, al igual que en sus transacciones comerciales con europeos. Van cambiando rápidamente los nombres de pila cristianos, pero muchos conservan apellidos hispánicos. Algunos de esos apellidos aparecen en la documentación posterior: en la del XVII, recogida por Grandchamp; en la del XVIII, como en el diario de Francisco Ximénez; en la del XIX, estudiada por [271] El Gafsi y Benali; en la actual, estudiada especialmente por Latham y los Zbiss.

La lista de esos apellidos de origen hispánico es amplia y se presta a interesantes estudios etnológicos. Ofrece, en general, más visos de autenticidad morisca que los equivalentes marroquíes, porque éstos pueden deberse -al menos en parte- a otros inmigrantes islamizados originarios de la Península. Esta posibilidad es muy reducida en el caso de los apellidos hispánicos tunecinos.

Junto a apellidos hispánicos, hay familias muy conscientes del origen andalusí de sus apellidos árabes, como los Ibn-'Axr (Benachour), procedentes de un hombre religioso venido de Marruecos, y los Al-Ijwà (Lakhoua), descendientes de los moriscos granadinos expulsados a principios del siglo XVIII. Todos tienen a gala el ser «andalusí», aunque muchas familias hayan mudado su exótico apellido hispánico por otro más árabe, en algún período de los casi cuatro siglos que os separan de la expulsión de España.

Una anécdota tunecina, contada por un electricista-albañil a un profesor de la Universidad, ilustra míticamente lo que significa el origen andalusí, el apellido y el exilio para un descendiente de moriscos: Yo soy andalusí.
Nos lo dijo nuestro padre,
cuando nos reunió junto a su lecho de muerte.
Y nos dijo:
Antes éramos ricos,
pero hemos dilapidado nuestra fortuna.
No nos apellidábamos Táhar,
un nombre árabe que llevamos ahora.
Nos apellidábamos «Teruel»,
un nombre de Al-Andalus,
el nombre de un pájaro migratorio,
de la región de Córdoba,
la excelsa capital de Al-Andalus.

2. La identidad lingüística: permanencia del español
Una gran parte de los moriscos emigrantes a Túnez no debían saber el árabe. Eran originarios de Aragón y del valle del Ebro catalán, [272] donde más se había perdido esa lengua, y de las dos Castillas, donde los antiguos mudéjares sólo sabían el castellano, en general, y los granadinos dispersados a mediados del XVI tampoco dominarían el árabe. Son múltiples los testimonios de la ignorancia del árabe, incluso del hablado, por parte de los inmigrantes en el momento de su llegada a Túnez. Hasta recibieron autorización para ser adoctrinados en castellano. Esta petición fue obra, seguramente, de algunos de los moriscos letrados en romance, que querían seguir escribiendo en esa lengua. Nos quedan vanos manuscritos tunecinos en castellano, estudiados por Oliver Asín, Harvey, Galmés de Fuentes, Epalza, Penella, López-Baralt, Bernabé, Vespertino Rodríguez y otros.

Los temas de esas obras son religiosos y morales, aunque algunos se revisten de auténtica forma poética y literaria, como el largo cántico religioso de Ibrahim Taybili, estudiado por Bernabé, o el soneto analizado por Galmés de Fuentes. Este dominio del castellano escrito no parece sobrepasó la primera generación de inmigrantes. Al menos no consta ningún escrito posterior a la mitad del siglo XVII. Un diplomático inglés del primer cuarto del XVIII escribe que sólo había dos andalusíes capaces de leer unos textos que adquirió en Testur. Francisco Ximénez, por las mismas fechas, atribuye el analfabetismo en castellano de los andalusíes a unas disposiciones de las autoridades tunecinas que cerraron las escuelas en castellano y mandaron alfabetizar a los niños moriscos en árabe. Pero él mismo tradujo al castellano unas obras de historia tunecina en árabe, con la ayuda del morisco Muhámmad Corral, que se lo dictaba oralmente en castellano, que él transcribía seguramente.

También Ximénez y, algo más tarde, un viajero francés son testigos de que en algunos pueblos tunecinos se cantaban canciones en castellano y que los viejos hablaban esa lengua con bastante fluidez. A mediados del XVIII se acaba la constancia del uso del castellano como lengua viva oral.

Por esa misma fecha se mantenía la tradición, en Testur, de que los vecinos del pueblo de Grich-El-Oued actual se llamaban «los catalanes» porque hablaban esa lengua. Puede ser que fueran valencianos, para sus vecinos castellanos y aragoneses castellanohablantes, pero es muy probable que fueran catalanes de las últimas expulsiones del valle del Ebro. [273]

Han quedado muchos hispanismos debidos a los moriscos en la lengua árabe hablada de Túnez. Han sido particularmente recogidos y estudiados por Latham, Teyssier, Zbiss y Mezzi.

El grupo de palabras más estructuradas se refiere a la artesanía de la chechía o «bonete toledano» como si fuera una jerga profesional y secreta de los moriscos que tenían ese monopolio.
También hay hispanismos en ciertos apellidos, como se ha visto.
Se han encontrado nombres de indudable origen hispánico, especialmente para ciertos aperos de labranza y ciertas variedades de aceitunas. Otros romancismos en el árabe dialectal tunecino pueden ser de otro origen (italiano o francés) o haber pasado a Túnez por otro camino que el de los moriscos, como los nombres de naipes y juegos.

Algunos nombres de alimentos son seguramente moriscos, como los «collares» o ristras de salchichas de cordero. El nombre de banadich (de «empanadas») está relacionado con una tradición de la expulsión: las moriscas escondían el oro que se llevaban en esos pasteles, para sustraerlo a la codicia de los múltiples transportistas y expoliadores que tuvieron que soportar los moriscos.

Extraído del libro: Los moriscos antes y después de la expulsión

1 comentario :

  1. Es una desgracia todo lo que se perdio con la expulsion de los moriscos de la Peninsula Iberica,se perdio en densidad demografica y en calidad, pues era gente muy trabajadora y de la misma raza de los que se quedaron,la religion en realidad no importa solo es un barniz necesario, pero que se puede cambiar, desde la expulsion de los judios y de los moriscos ,España fue de mal en peor,se atraso se aislo,se convirtio en algo oscuro y retrogado, lo cual aun lo estamos sufriendo nosotros los actuales habitantes de la Piel de Toro.Que nos sirva de leccion.Lucas Trapaza

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