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25 mar. 2010

LOS MORISCOS

Antonio Fernández López

Hace ya unos cuantos años, en el extinto DIARIO DE GRANADA, propuse la conveniencia de cambiar la fiesta de La Toma, del 2 de Enero, por la de La Fiesta de Granada. Pretendía modificar el criterio de celebración de una derrota militar al servicio de los vencedores de terribles consecuencias y trasformarla en un momento de encuentro en el que cada sensibilidad pudiera expresar su punto de vista sobre un momento de la Historia digno de reflexión y de capital importancia para Granada.

Algunos lectores me espetaron entonces que a dónde iba yo con mis apellidos tan perfectamente castellanos como si no hubiera otra forma de asumir la Historia que la versión de los vencedores y prescindir de otros puntos de vista posibles y tan legítimos como los que más.
Desde entonces, como venía sucediendo hasta ese momento, el evento no ha cambiado, pero la polémica tampoco. Y es que las heridas no se curan por decreto. Puede haber muchos puntos de vista para encarar cualquier momento de la Historia, y es bueno que los haya.

Mi pretensión se sustentaba entonces y se sustenta hoy con algunos conocimientos mejor fundamentados en que La Toma de Granada tuvo como consecuencia la eliminación de un pueblo y de una cultura perfectamente española. Todavía resulta que la dinastía más longeva en la Historia de España resulta ser la nazarita granadina con más de 250 años de permanencia en el común suelo patrio.

Al poco tiempo del terrible hecho de La Toma y gracias a la intransigencia Católica, Apostólica y Romana, los granadinos fueron obligados a dejar sus hogares y haciendas y tuvieron que irse de sus casas, bien a otros países o repartidos por toda España con el nombre de MORISCOS. Fueron sometidos a toda clase de abusos, injusticias y tropelías. Perseguidos en su propio país, proscritos, exentos de derechos, súbditos de segunda, o tercera o nula categoría a lo largo de 118 años y finalmente expulsados con lo puesto de su propia tierra por Ley a través del fatídico Decreto de Expulsión de 1609.

Su delito no fue otro que el de haber nacido en Granada, tener una cultura distinta a la hegemónica y seguir manteniendo fidelidad a sus ancestros allí donde hubieran sido desterrados. Tuvieron que acatar una religión que no querían, cambiar su lengua su forma de vestir, sus costumbres, sus ritos de nacimiento matrimonio o muerte, sus fiestas. De nada les valió. Vivieron siempre con la espada de la intransigencia religiosa católica sobre su cabeza, analizados con lupa ellos, sus hijos, sus nietos, sus biznietos… sin que nunca pudieran ser sus comportamientos suficientemente fiables para los poderes reinantes a lo largo de más de un siglo. La riqueza general del país se resintió gravemente con su expulsión y se sabía, pero ni aun así los poderes constituidos fueron capaces de encontrar una fórmula que asumiera que en España debían caber todos los que habían nacido en ella.

Desgraciadamente no es el único caso de genocidio en la Historia pero me parece de libro. Se ha celebrado el centenario de su expulsión, 300.000 dicen las crónicas oficiales siempre discretas para mostrar sus vergüenzas. No se ha escuchado ni una palabra de disculpa al respecto. Ni un gesto que diga que aquellos españoles tuvieron que dejar sus casas y sus bienes porque el país donde habían nacido y donde tenían enterrados a sus muertos decidió en un momento que tenían que irse. Se llamaban moriscos como pudieran haberse llamado indios o rojos…. Qué más da.
Nadie va a resucitarlos ya ni este ejemplo de la Historia que vivo con tanta angustia tal vez por lo cerca que me queda se puede trasladar a hoy porque cada momento histórico hay que medirlo con sus parámetros contemporáneos. De sobra lo sé. Pero también sé que en la vida se puede aprender, que podemos reflexionar y revisar comportamientos que nos han llevado a ruinas y a injusticias de las que no podemos sentirnos orgullosos y sí de avergonzarnos y proponernos no repetirlos nunca mas.

Tampoco valen ahora argumentos del orden de que la evolución de la cultura cristiana nos ha hecho ser lo que somos hoy mientras que la musulmana ha evolucionado por otros derroteros y sabe Dios dónde estaríamos en caso de haberse mantenido en España. Tampoco me parece asumible que los musulmanes que hoy nos llegan como inmigrantes vuelvan a recuperar algo que fue suyo. Creo que eso son sofismas destinados a justificar nuestra pereza mental y nuestra falta de capacidad autocrítica.

Por supuesto que la cultura musulmana tiene elementos criticables, como los tiene la cristiana, pero el drama de grupos humanos que en un momento determinado tienen que salir del lugar que los vio nacer y buscarse la vida por el mundo hostil, ese es el que creo que es el meollo de la cuestión. Hace unos años lo vivimos nosotros en propia carne por cuestiones económicas y parece que aprendimos poco. Hoy estamos recibiendo a otras gentes que buscan supervivencia y futuro y parecemos tan miopes como aquellos para los que los moriscos suponían un peligro imposible de asumir y no había más remedio que decretar su expulsión.

Este país tiene una deuda con el recuerdo de muchos miles de hijos a los que, en un momento determinado y por el hecho de pensar de manera distinta al poder constituido en aquel momento, decidió expulsar y quedarse tan pancho.

Fuente: Como Niños

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