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3 nov. 2009

Mercedes García-Arenal: «Los moriscos eran una comunidad que guardaba el Islam firmemente»

Mercedes García-Arenal

«Se juntaban los moros a hacer cosas de moros. Y bailaban descalzos y comían manjares de moros cocinados a su modo». Es el texto parcial de una denuncia ante la Inquisición mencionada ayer por la investigadora del CSIC en estudios árabes Mercedes García-Arenal, quien participó en el ciclo «Los moriscos. Una minoría étnico-religiosa en la Historia de España», en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA.

Cuatrocientos años después de la expulsión de los moriscos decretada por Felipe III -sin duda una de las páginas más negras y una de las decisiones más estúpidas en la España moderna-, la profesora García-Arenal retrató el panorama y los antecedentes inmediatos al decreto de expulsión, firmado en 1609. Los cinco años siguientes supusieron la marcha de España de unas 400.000 personas, arrastradas al exilio definitivo por el integrismo cristiano.
Los moriscos vivían en los reinos de Castilla y de Aragón (apenas tuvieron incidencia en las comunidades cantábricas, entre ellas Asturias), eran agricultores expertos y hábiles artesanos, mantenían sus creencias y ritos musulmanes, si podían peregrinaban a La Meca y, en general, había una relación de buena vecindad con las familias cristianas. «En Aragón había pueblos donde sólo vivían moriscos, que alimentaban costumbres ancestrales».
Eran diferentes y eso fue su perdición. Mercedes García-Arenal habló ayer en su conferencia, organizada por el Seminario de Estudios Árabo-Románicos y por Tribuna Ciudadana, de las diferentes «comunidades de emoción», ésas que, a pesar de la buena convivencia, «hacían que los cristianos mostraran su contento en las calles cuando se producía una victoria contra el turco, y los moriscos no mostraran el mismo entusiasmo». Y viceversa.
La expulsión fue el resultado de la alta política, de estrategias de seguridad, de creencias y fe. Y de grandísimos recelos. «Lo que más miedo daban eran las diferencias y el sentimiento de infiltración», dijo Mercedes García-Arenal, quien había sido presentada por el profesor de Árabe de la Universidad de Oviedo Juan Carlos Villaverde. Los recelos comenzaban «porque a uno le gustaran los dulces con almendras o le diera asco la morcilla». Un blasfemo acababa frente al tribunal de la Inquisición, pero la pena difería si el blasfemo era cristiano o musulmán.

La documentación sobre los procesos inquisitoriales es amplia y ha sido estudiada desde hace años por la investigadora del CSIC. En ocasiones, la cosa tiene visos de vodevil, como el de aquel morisco -explicó la profesora García-Arenal- que se juega la hacienda a los naipes y pierde hasta la camisa. Llega a casa con un enfado enorme, coge una imagen de un Cristo y le rompe una pierna a mordiscos. Al Santo Oficio directo. Frente a los jueces el morisco alega que estaba borracho. Era una doble coartada: como borracho, no controlaba y, por tanto, no era responsable de su mordisco a la cruz, y, si además bebía, era prueba de que sus costumbres eran cristianas. Nuestro hombre vivió para contarlo.

Fuente: La Nueva España

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