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1 abr. 2012

“La memoria de Alá - mudéjares y moriscos de Ávila”



 Fotos y reportaje por Jose Rodríguez Escobar


Reportaje sobre la exposición  llevada a cabo en el Museo de Ávila del 15 de diciembre al 18 de marzo de 2012.

“Ávila de los santos” o “Ávila de los caballeros” prototipo de la visión de una Castilla ascética, católica, imperial y “cristiana vieja” son las imágenes que desde siempre se nos ha trasmitido de esta ciudad castellana, en la antítesis de un Al-Andalus exótico, oriental, musulmán y judío, sensual y hedonista.

Ya sabíamos que una gran parte de la ciudad intramuros de Ávila fue una de las juderías más prosperas de Castilla y que el mismo icono católico de la mismo, Teresa de Jesús, era de origen judío y su misticismo, como el de Juan de la Cruz, el otro avulense santo del misticismo católico, eran herederos del misticismo judío y del sufismo musulmán.

También sabemos que los andalusíes, a más de amigos del buen vivir y disfrutar de la vida (hijos de una religión que no tiene el “pecado original” y considera el placer y el sexo vías sagradas) eran además laboriosos, buenos agricultores, artesanos, científicos y artistas.

Lo que ya no sabíamos tanto es que, desde su fundación,  en XI, Ávila tuvo una comunidad de musulmanes, una comunidad próspera y muy integrada y que, con su expulsión en el siglo XVII, Ávila no solo perdió el ¡ 25 % de la población!, sino su prosperidad económica, hundiéndose en la despoblación y la  miseria hasta muy avanzado el siglo XX.

Ávila no fue una ciudad musulmana, tras ser conquistados por Castilla esos territorios al sur del río Duero, fue fundada de nuevo, sobre un antiguo emplazamiento romano, como un baluarte cristiano frente a las comarcas islamizadas de Talavera y Coria. Por tanto su población musulmana (como la de Arévalo, Segovia, Valladolid, etc.) no eran descendientes de una población andalusí anterior, sino que era fruto de población o cautiva de batallas y posteriormente liberada, o de musulmanes que emigraron huyendo de los almohades, a una tierra, la Castilla de entonces, que, para repoblar las tierras baldías, ofrecía libertades, tierras, etc, a todos, fueran cristianos, judíos o musulmanes, una Castilla autoorganizada en Comunidades democráticas que elegían a sus jefes y cuyos reyes debían jurar obedecer sus leyes antes de ser votados como soberanos. Tras la conquista del valle del Guadalquivir, en el siglo XIII, una parte de la población musulmana, en vez de huir al reino granadino, también prefirieron acogerse a los teóricos beneficios y libertades de Castilla.

La exposición recorre la vida de aquellos avulenses musulmanes, tan integrados que tenían derecho a llevar armas y que, como ciudadanos de Castilla incluso participaron en las tropas que lucharon contra los granadinos en la conquista del último reino musulmán de la península.
Tenían buenas relaciones con todos los vecinos, incluso con el cabildo de la catedral, viviendo dispersos por toda la ciudad, aunque estaban constituidos legalmente en una “aljama” o comunidad que elegía sus representantes en el concejo de la ciudad de Ávila y tenían sus jueces propios, leyes, etc.

Esto cambió tras las leyes discriminadoras de 1480 en la que se crearon dos morerías, una dentro de los muros y otra fuera, cerca xxxx pero siguieron ejerciendo sus oficios, comprando tierras y ejerciendo el comercio en igualdad con sus vecinos cristianos.

La exposición examina sus oficios, sus distintas mezquitas (hasta cuatro llegó a haber) y sobre todo su arte funerario ya que recientemente aparecieron más de 3000 tumbas con unas preciosas estelas de piedra.

Por ellas sabemos que conservaron, hasta el edicto de 1502 que les obligaba a la conversión o a la expulsión, la escritura y lengua árabe, que trabajaban la piedra y no el ladrillo y que su arte, excepto en la escritura es indistinguible del arte románico, gótico o renacentista de la época. En esta época los mudéjares suponían el 10 % de la población de Ávila.

Tras la obligada conversión se destruyeron sus templos y cementerios y se les quiso forzar a que dejaran su barrio y se repartieran por todas las zonas de la ciudad, ellos se negaron argumentando que siempre en su barrio (en el que está la vieja iglesia de San Nicolás) siempre hubo “cristianos viejos”), también siguieron casándose entre ellos o con moriscos de ciudades castellanas vecinas, pero en todos los demás aspectos, intentaron seguir unidos e identificados con el resto de los vecinos.

Pero los tiempos estaban cambiando, aunque cristianos según la ley, estaban obligados a más impuestos que sus vecinos, eran vigilados en sus costumbres y ya algunos empezaron a emigrar a zonas donde pudieran vivir más libremente su religión islámica.

Tras la sublevación de las Alpujarras y la posterior derrota, llegaron a Ávila un amplio contingente de moriscos granadinos, unos mil, en condiciones muy penosas, dado el largo viaje, hecho en situaciones terribles y en medio del frío de la meseta norte de Castilla. Los moriscos avilenses reaccionaron primero con solidaridad y hospitalidad, pero luego hubo bastante rechazo entre ambas comunidades ya que sus costumbres eran muy distintas, los granadinos eran de origen rural, casi analfabetos, casi no hablaban castellano (los de Ávila tenían muy alto nivel cultural y su nivel de alfabetización era muy superior al de los cristianos viejos) y su relación con los castellanos y los “cristianos viejos” eran diferentes.

De nada les sirvió cuando llegó el decreto de expulsión. Si bien es cierto que al principio, en 1609 la expulsión solo afectó a los de origen granadino, en 1610 el decreto les afectó también a ellos. Bien es cierto que sus vecinos cristianos lucharon con todos los recursos legales para que se quedaran, incluso los clérigos certificaron que eran cristianos auténticos, que era el requisito par evitar la expulsión, pero una carta secreta del obispo (en los textos de la exposición añaden “que no era de Ávila) hizo que se anulasen esos certificados.

En 1611 fueron expulsados estos avulenses, aunque, para compensar los buenos informes de ser auténticos cristianos y buenos vecinos, hechos por el consejo de Ávila y los canónigos de la catedral, se les permitió vender sus vienes raíces, se les amplió al plazo para abandonar la ciudad, y que cinco se quedaran un año más para que pudieran liquidar todo lo que hubiera pendiente.

Los moriscos de Ávila se dirigieron primeramente a Francia y una vez se juntaron todos en San Juan de luz, mayoritariamente se dirigieron a los países del Magreb (Berbería), menos unas pocas familias que se asentaron en el sur de Francia o Italia.

La ciudad de Ávila no resistió la expulsión de sus vecinos, pasó de 8300 habitantes en 1611 (ya habían sido expulsados los granadinos) a 5400 en 1632 y su actividad económica se hundió. De hecho paseando por la ciudad, tan repleta de granes monumentos civiles y religiosos de los siglos XII al XVII, es difícil encontrar edificios relevantes en fechas posteriores.

Las fotos recogen aspectos de la exposición y del viejo barrio morisco. En la zona del cementerio, han sido destruidas las tumbas para levantar un barrio, no obstante, una de sus calles recoge el nombre de uno de los musulmanes enterrados en una de las tumbas más interesantes desde el punto de vista monumental: Abdalá el Rico, perteneciente a una destacada familia mudéjar, los Rico. Se conservan las actas del juicio, por lo que sabemos que murió asesinado en 1492 por Alí Molharreche, el cual fue, a su vez ejecutado y su viuda y hermana tuvieron que pagar las costas del juicio.

















Fuente: Los moriscos de Túnez

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