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22 ene. 2013

Tombuctú: Tan lejos, tan cerca


José Prieto
El conflicto que tiene lugar en Malí, iniciado por los tuaregs del movimiento Azawad, apoyado por dos grupos integristas, ha puesto en primer plano de la actualidad al país más pobre del mundo y a una ciudad, Tombuctú, que forma parte de nuestra historia por influencia de los moriscos que llegaron allí en 1591.

Sin embargo, no es la primera vez que los tuaregs se levantan contra el gobierno de Bamako. En 1991, ambas partes llegaron a un acuerdo para poner fin a una guerra que tenía el mismo objetivo que la actual: la independencia del norte de Malí, que tendría como capital la mítica Tombuctú.

La ciudad fue fundada en el siglo XI por pastores tuaregs y en el siglo XIV fue incorporada al entonces imperio de Malí que se extendía desde el denominado codo del Níger hasta el Océano Atlántico.

Fue en esta época, durante el reinado de Kankan Musa, cuando Tombuctú conoció su época de esplendor, convertida, junto a Djené y Gao, en uno de los centros económicos del imperio, hasta donde llegaban caravanas de cientos de camellos que, cargados de mercaderías, partían desde Marruecos, Libia o Egipto para ser cambiadas por el oro.

Situada frente a Djené, la ciudad está separada no sólo por el cauce del Níger, sino por un delta interior que convierten al gran río en un intrincado pantano por el que sólo pueden navegar las pinazas, especialmente en la época de lluvias.

El emperador Kankan Musa hizo construir en la ciudad varias mezquitas, entre ellas la de Sankoré, diseñada por el arquitecto granadino Es Saheli; envió estudiantes a Fes, construyó minaretes y palacios de ladrillo y, tras su peregrinación a la Meca, llegó a la ciudad acompañado de ulemas y predicadores para que extendieran la fe musulmana.

León El Africano, que la visitó en los primeros años del siglo XVI, la describe como una ciudad con gente muy rica y "de naturaleza alegre", que solían pasear de noche tocando instrumentos musicales y danzando y cuyo rey poseía un gran tesoro en monedas y lingotes de oro.

Marruecos, cuyas caravanas comerciaban con la ciudad de Níger desde antes de la llegada del Islám, deseaba controlar el flujo del oro que escapaba a Europa a través de las ciudades que Portugal controlaba en la costa, desde Arcila a Mogador (la actual Esauira), para acuñar monedas.

Con esa intención, y también con el objetivo de obtener el monopolio de la sal, el rey Al Mansur organizó un ejército, comandado por el morisco Yauder Pacha -nacido en Cuevas de Vera, hoy Cuevas de Almanzora, en Almería- que cruzó el desierto y conquistó Tombuctú y todo el norte del país, convirtiendo al Níger en la última frontera del Imperio Xerifiano.

Aquel ejército estaba compuesto, principalmente, por moriscos, aunque también se integraron en él renegados cristianos y pocos marroquíes y pertrechados con armas de fuego.

Salieron en noviembre de 1590 y, tras tomar las minas de sal de Taudení, alcanzaron el Níger en febrero de 1591, donde se enfrentaron al ejército del askia (rey) Iskar, mucho más numeroso -se dice que compuesto por más de 40.000 hombres-, que fue derrotado por la enorme superioridad que daban las armas de fuego.

Pero Tombuctú les deparaba una sorpresa a los conquistadores hispano-marroquíes: el oro no nacía allí, tan sólo era un lugar de paso, y las minas se encontraban mucho más al sur, en el País de los Negros, ubicadas en un lugar secreto.

En los años posteriores, Marruecos siguió enviando pachás a la ciudad, pero dejó de hacerlo en 1690. El ejército invasor, asentado en la ciudad, siguió nombrando sus propios pachás hasta que decidieron disolverse e integrarse entre la población, dando lugar a una nueva etnia: los arma, cuyos descendientes son hoy muy conscientes de su origen hispano.

Aunque fue entonces cuando se inició la decadencia de la ciudad del Níger, todavía hoy es posible tener una idea de la riqueza cultural de su pasado, encerrada en libros y documentos que, durante siglos, han guardado celosamente los nobles de la ciudad.

En ellos se guarda no sólo parte de la historia del Islám, sino también el pulso de la vida diaria, las transacciones comerciales, las sentencias de los jueces y el pensamiento de los eruditos.

Su historia ha sido recogida en el Tarij Es Sudan (Crónica del País de los Negros), escrito por Abd al Sadi en 1655, traducida recientemente al castellano y que es un texto imprescindible para conocer el brillante pasado, no sólo de esta ciudad, sino de esa zona de África.

España, que durante mucho tiempo se mantuvo de espaldas a Tombuctú a pesar de su vinculación histórica, ha cooperado en los últimos años para mantener los ricos archivos que se guardan en las casas y construido una biblioteca, hoy amenazados de nuevo por la intransigencia.

Fuente: EFE

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